Litigio Antequera era un jubilado con mucho tiempo libre, antiguo sindicalista con ideales utopicos, al que la sociedad capitalista actual había arrinconado como un juguete roto y viejo. Su experiencia ya no era útil en la automatizada fábrica de embalajes industriales Cartonajes Hermanos Andrés. Un aprendiz podía realizar su mismo trabajo por mucho menos dinero y tiempo.
-Debes dejar paso a la juventud...-Empezó diciendo Carlos Andrés, jefe de personal e hijo del dueño, sentados en su despacho. Nunca tuvieron mucho trato, pero Litigio esperaba una despedida más calurosa y no salir por la puerta de atrás. Andrés se lo dejó claro. No tenía otra opción. O cogía lo que le ofrecían o se verían en el juzgado.
Sabía que la empresa atravesaba por graves dificultades debido a la feroz competencia. Ya no había pastel para todos y los lobos se devoraban entre sí. Creyó estar en la obligación de hacer un último servicio a su empresa de toda la vida. Aceptó el trato y firmo los papeles del despido.
Le acompañaron a los vestuarios, se duchó por última vez y se vistió de calle. Vació su taquilla recogiendo los recuerdos de dos décadas. Dobló cuidadosamente su mono de trabajo y lo guardó en la caja de cartón Hermanos Andrés. Se despidió de su compañeros uno a uno. Un nudo en la garganta le impedía hablar con serenidad. Contuvo las lágrimas hasta que abandonó la fábrica.
Después se enteró por uno de sus ex-compañeros que su puesto de trabajo lo ocupó una fría pero eficaz máquina embaladora japonesa. Litigio se sintió humillado y engañado. Así valoraban sus veinte años de servicio a la empresa. No podía creerlo, pero era cierto. Lamentablemente, él sólo fue el primero de los trabajadores veteranos que se vieron forzados a abandonar la empresa...
Ahora dejaba transcurrir los días lentamente sin necesidad de madrugar, ni preocuparse por el mañana, ni por si salía el sol o llovía... Aunque si llovía después iba a recoger caracoles...
FIN